Sé feliz
La señora Margarita regresaba a su casa, en la avenida Elena, después de un día de cocinar donde Doña Concha. En realidad no le gustaba trabajar allí, pues la señora tenía un muy mal genio y se quejaba de todo lo que Margarita cocinaba. No podía irse, pues el trabajo le quedaba cerca y aunque había ofrecido sus servicios en otras casas, ninguna parecía necesitar a una cocinera de medio tiempo. Además ir donde Doña Concha era su rutina desde hacía 8 años. Llegó a su domicilio a las 5 de la tarde y como siempre, le dio de comer a sus gatos y se puso a terminar el vestido de 15 años que le habían encargado. A las 7, puntualmente, se hizo la cena, encendió la radio para escuchar las noticias y mientras comía podía oír a lo lejos cómo caía la lluvia. Pensó en poner unas ollas en el piso por las goteras. En ese momento ocurrió algo inesperado: alguien tocó la puerta. Margarita, asustada se acercó y sin abrirla preguntó quién era. Una vocecita respondió:
̶Seño, disculpe, es que tengo frío y estoy muy mojado, ¿me deja entrar?
̶Yo no le abro la puerta a nadie. Mejor, váyase a su casa.
̶Es que, vivo muy lejos, seño, no tengo dónde quedarme.
̶¿Y tu mamá, niño? Ella debería estar cuidandote, para eso están las mamás.
̶Yo no tengo mamá, ella hace ratos se murió.
En ese momento margarita se remontó al día en que su madre murió. Era de noche y se encontraba postrada en cama. A los 80 años la diabetes le estaba cobrando la vida. Recordó, como si fuera ayer, el último suspiro y las palabras ¨sé feliz¨. Su corazón se estremeció e intentó recordar la última vez que había sido realmente feliz, y no pudo encontrar nada. Otro toque en la puerta la regresó a ese momento.
̶Seño, ¿me va a abrir? Porfavor, tengo frío.
̶Niño, ya te dije. Yo no dejo entrar a nadie a mi casa.
Se escuchó una tocecita y un estornudo.
̶Seño, seño̶ dijo el pequeño en un tono tan bajo que apenas se podía escuchar. Luego la puerta tronó como si algo se hubiera golpeado contra ella.
Margarita abrió la ventanilla muy despacio pero no pudo ver a nadie. Comprendió entonces que el niño se había desmayado. Abrió la puerta lentamente y vio el cuerpecito tirado en el suelo. Lo levantó con dificultad y lo llevó hacia el sillón. Le quitó las ropas mojadas, lo tapó con varias cobijas y se sentó a la par, esperando que reaccionara. Se pasó la hora de dormir y ella todavía seguía atenta a cada respiración, no podía quitar los ojos del infante. Cuando se dieron las 7 de la mañana el niño comenzó a abrir los ojos y el corazón de Margarita comenzó a latir fuerte.
̶Hola, niño, ¿te sientes bien?
̶Sí, seño, gracias.
Los dos se quedaron viendo un rato y se sonrieron.Los ojos de Margarita se llenaron de lágrimas al escuchar las palabras del niño:
̶¿Me deja quedarme aquí?
̶Sí, hasta que te mejores.Pero primero, dime cómo te llamas.
̶Me llamo, Miguel.
̶Y yo, Margarita.
̶Seño, disculpe, es que tengo frío y estoy muy mojado, ¿me deja entrar?
̶Yo no le abro la puerta a nadie. Mejor, váyase a su casa.
̶Es que, vivo muy lejos, seño, no tengo dónde quedarme.
̶¿Y tu mamá, niño? Ella debería estar cuidandote, para eso están las mamás.
̶Yo no tengo mamá, ella hace ratos se murió.
En ese momento margarita se remontó al día en que su madre murió. Era de noche y se encontraba postrada en cama. A los 80 años la diabetes le estaba cobrando la vida. Recordó, como si fuera ayer, el último suspiro y las palabras ¨sé feliz¨. Su corazón se estremeció e intentó recordar la última vez que había sido realmente feliz, y no pudo encontrar nada. Otro toque en la puerta la regresó a ese momento.
̶Seño, ¿me va a abrir? Porfavor, tengo frío.
̶Niño, ya te dije. Yo no dejo entrar a nadie a mi casa.
Se escuchó una tocecita y un estornudo.
̶Seño, seño̶ dijo el pequeño en un tono tan bajo que apenas se podía escuchar. Luego la puerta tronó como si algo se hubiera golpeado contra ella.
Margarita abrió la ventanilla muy despacio pero no pudo ver a nadie. Comprendió entonces que el niño se había desmayado. Abrió la puerta lentamente y vio el cuerpecito tirado en el suelo. Lo levantó con dificultad y lo llevó hacia el sillón. Le quitó las ropas mojadas, lo tapó con varias cobijas y se sentó a la par, esperando que reaccionara. Se pasó la hora de dormir y ella todavía seguía atenta a cada respiración, no podía quitar los ojos del infante. Cuando se dieron las 7 de la mañana el niño comenzó a abrir los ojos y el corazón de Margarita comenzó a latir fuerte.
̶Hola, niño, ¿te sientes bien?
̶Sí, seño, gracias.
Los dos se quedaron viendo un rato y se sonrieron.Los ojos de Margarita se llenaron de lágrimas al escuchar las palabras del niño:
̶¿Me deja quedarme aquí?
̶Sí, hasta que te mejores.Pero primero, dime cómo te llamas.
̶Me llamo, Miguel.
̶Y yo, Margarita.
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