Olvido Forzado
La luna era su única iluminación. Estaba sudando y reunía fuerzas para seguir cavando. Sabía que algún día enterraría a su padre, pero nunca pensó que sería él quien cavaría la tumba.
Todo había empezado un día antes. Él había llegado a su casa a almorzar y le había dado a su madre la gran noticia: por fin se graduaría de la universidad. Hacía 7 años se había prometido a sí mismo que debía hacerlo para que su madre se sintiera orgullosa de él, pues sabía que era su sueño. Pero la alegría duró poco. Poco después del almuerzo llegó su padre, borracho como siempre, y pronto comenzó la discusión. El padre arremetía contra la madre, le gritaba y la golpeaba.
Mauricio se iba enfureciendo más y más. Intentaba separar a su padre pero este siempre había sido más fuerte que él, o al menos eso había pensado siempre. De pronto tuvo la sensación de que un calor intenso recorría su cuerpo, pudo sentir como se asentaba en sus brazos y con un vigor renovado tomó a su padre por la espalda y lo empujó con tal fuerza contra la mesa de la cocina que éste se golpeó la cabeza contra ella. Cayó desplomado. Sangre emanaba de su boca.
-¡Lo mataste! ¡Lo mataste! – gritaba la madre con desesperación.
-Yo, yo, yo- era lo único lograba responder.
Mauricio se sentó en el suelo y se quedó viendo al vacío. La madre se sentó a la mesa y en silencio lo observaba. Luego de lo que parecieron horas, Mauricio la volteó a ver y le preguntó:
-¿Y ahora, qué voy a hacer?
-Hay que enterrarlo.
-¿Dónde?
- En un lugar donde nadie lo encuentre jamás. Pero hay que esperar que anochezca, para que nadie se de cuenta.
-Pero, voy yo solo, no quiero que nadie sospeche de tí. Soy el único culpable aquí.
-Mijo, no sabés cuántas veces deseé hacer lo que tú hiciste hoy, pero nunca me atreví.
-No digás eso, mamá, tú nunca harías algo así- Mauricio arremetió en llanto. La madre se le acercó, lo abrazó y le susurró al oído:
-Esto no es tu culpa. Sé que me querías proteger. Nadie tiene que saber lo que aquí pasó. Vamos a decir que el viejo se fue y no sabemos adónde. Nadie lo va a extrañar.
Pasada la medianoche, Mauricio arrastró el cuerpo de su padre a su carro. Se dio cuenta de que en realidad no era tan pesado como siempre lo había imaginado. Luego metió una pala y arrancó. Manejó por más de una hora, hasta un lugar vacío a la orilla de Carretera a El Salvador. Detuvo el vehículo y bajó el cuerpo. Lo arrastró unos cuantos metros y comenzó a cavar. Cuando había hecho un hueco lo suficientemente profundo metió el cuerpo y le echó la tierra que había sacado.
Regresó a su casa. Su madre lo esperaba con una taza de café. Esa noche hicieron un pacto, nunca más hablarían de lo que había sucedido. Seguirían con sus vidas y olvidarían todo el asunto. O al menos lo intentarían.
Todo había empezado un día antes. Él había llegado a su casa a almorzar y le había dado a su madre la gran noticia: por fin se graduaría de la universidad. Hacía 7 años se había prometido a sí mismo que debía hacerlo para que su madre se sintiera orgullosa de él, pues sabía que era su sueño. Pero la alegría duró poco. Poco después del almuerzo llegó su padre, borracho como siempre, y pronto comenzó la discusión. El padre arremetía contra la madre, le gritaba y la golpeaba.
Mauricio se iba enfureciendo más y más. Intentaba separar a su padre pero este siempre había sido más fuerte que él, o al menos eso había pensado siempre. De pronto tuvo la sensación de que un calor intenso recorría su cuerpo, pudo sentir como se asentaba en sus brazos y con un vigor renovado tomó a su padre por la espalda y lo empujó con tal fuerza contra la mesa de la cocina que éste se golpeó la cabeza contra ella. Cayó desplomado. Sangre emanaba de su boca.
-¡Lo mataste! ¡Lo mataste! – gritaba la madre con desesperación.
-Yo, yo, yo- era lo único lograba responder.
Mauricio se sentó en el suelo y se quedó viendo al vacío. La madre se sentó a la mesa y en silencio lo observaba. Luego de lo que parecieron horas, Mauricio la volteó a ver y le preguntó:
-¿Y ahora, qué voy a hacer?
-Hay que enterrarlo.
-¿Dónde?
- En un lugar donde nadie lo encuentre jamás. Pero hay que esperar que anochezca, para que nadie se de cuenta.
-Pero, voy yo solo, no quiero que nadie sospeche de tí. Soy el único culpable aquí.
-Mijo, no sabés cuántas veces deseé hacer lo que tú hiciste hoy, pero nunca me atreví.
-No digás eso, mamá, tú nunca harías algo así- Mauricio arremetió en llanto. La madre se le acercó, lo abrazó y le susurró al oído:
-Esto no es tu culpa. Sé que me querías proteger. Nadie tiene que saber lo que aquí pasó. Vamos a decir que el viejo se fue y no sabemos adónde. Nadie lo va a extrañar.
Pasada la medianoche, Mauricio arrastró el cuerpo de su padre a su carro. Se dio cuenta de que en realidad no era tan pesado como siempre lo había imaginado. Luego metió una pala y arrancó. Manejó por más de una hora, hasta un lugar vacío a la orilla de Carretera a El Salvador. Detuvo el vehículo y bajó el cuerpo. Lo arrastró unos cuantos metros y comenzó a cavar. Cuando había hecho un hueco lo suficientemente profundo metió el cuerpo y le echó la tierra que había sacado.
Regresó a su casa. Su madre lo esperaba con una taza de café. Esa noche hicieron un pacto, nunca más hablarían de lo que había sucedido. Seguirían con sus vidas y olvidarían todo el asunto. O al menos lo intentarían.
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