Chiltepito adventures
David, ni novio, estaba muy feliz pues su hermano le había vendido su carro. Como era rojo como un chiltepe llevaba el apodo de ¨el chiltepito¨. Era su primer vehículo así decidimos unir esa celebración con la de nuestro aniversario de tres años. Cuando llegó salí, lo saludé y me dirigí a la puerta del copiloto.
̶ Esa puerta no abre.
̶ ¿Y eso?
̶ No sé, ayer se arruinó.
̶ ¿Y, entonces?
̶ Tenés que entrar por esta…
Me señaló la puerta del piloto. Entré con dificultad, pues el asiento no se podía mover hacia atrás. Me acomodé e intenté ponerme el cinturón de seguridad.
̶ No me lo puedo poner. Está como trabajdo.
̶ ¡Ah! Es que eso también se arruinó.
̶ ¿Y, entonces?
̶ Pues agarrate de dónde podás.
Observé mientras él se ponía tranquilamente su cinturón y le dije:
̶ ¡Ah no! Si yo no me pongo el cinturón, vos tampoco.
̶ Es que si no me lo pongo salgo volando.
̶ ¿Cómo así?
̶ Porque esta puerta no cierra, y si no me pongo el cinturón, en las vueltas se abre y salgo volando…
Sin decir más, empezamos la marcha. Estábamos en pleno tráfico cuando empezó a salir humo del capó.
̶ Vos, ¿ya viste el humo?
̶ Sí, ya se calentó el motor otra vez. Hay que echarle agua.
̶ Mirá, allí adelante hay una gasolinera.
Nos detuvimos y le echamos agua. Nos disponíamos a retirarnos cuando en eso:
̶ ¡Alagran! Ahora no quiere encender.
̶ ¿Y, ahora?
̶ Vamos a tener que empujarlo.
̶ ¿Vamos?
̶ ¿Sabés encenderlo en segunda?
̶ No.
̶ Entonces vamos a tener que empujar.
̶ ¿Con estos zapatos?
̶ Sí, mi amor, lo siento.
̶ Va pues…
Me bajé y empecé a empujar. David corría con la puerta abierta y cuando sentía que llevaba algo de aviada se metía de un salto al carro e intentaba encenderlo. Después de tres repeticiones, lo logró.
Íbamos en camino de nuevo cuando empezó a llover recio. David me dijo:
̶ Pasame aquel trapo que está en el asiento de atrás.
̶ ¿Para qué?
̶ Para limpiar el parabrisas, es que el limpiabrisas no funciona.
̶ ¡Ala gran! Pero como lo vas a limpiar por fuera si vas manejando.
̶ Cuando haya semáforo en rojo me bajo…
Y así lo hizo. En cada semáforo en rojo se bajaba corriendo para limpiar el vidrio, y subía cada vez más empapado.
Cuando al fin llegamos al restaurante, dejó el carro encendido, se bajó y me dijo:
̶ Bajate vos y pedís para llevar. Es que tengo miedo que se me vuelva a apagar el carro.
Así que me bajé furiosa pedí algo y dí por terminada nuestra cita romántica.
̶ Esa puerta no abre.
̶ ¿Y eso?
̶ No sé, ayer se arruinó.
̶ ¿Y, entonces?
̶ Tenés que entrar por esta…
Me señaló la puerta del piloto. Entré con dificultad, pues el asiento no se podía mover hacia atrás. Me acomodé e intenté ponerme el cinturón de seguridad.
̶ No me lo puedo poner. Está como trabajdo.
̶ ¡Ah! Es que eso también se arruinó.
̶ ¿Y, entonces?
̶ Pues agarrate de dónde podás.
Observé mientras él se ponía tranquilamente su cinturón y le dije:
̶ ¡Ah no! Si yo no me pongo el cinturón, vos tampoco.
̶ Es que si no me lo pongo salgo volando.
̶ ¿Cómo así?
̶ Porque esta puerta no cierra, y si no me pongo el cinturón, en las vueltas se abre y salgo volando…
Sin decir más, empezamos la marcha. Estábamos en pleno tráfico cuando empezó a salir humo del capó.
̶ Vos, ¿ya viste el humo?
̶ Sí, ya se calentó el motor otra vez. Hay que echarle agua.
̶ Mirá, allí adelante hay una gasolinera.
Nos detuvimos y le echamos agua. Nos disponíamos a retirarnos cuando en eso:
̶ ¡Alagran! Ahora no quiere encender.
̶ ¿Y, ahora?
̶ Vamos a tener que empujarlo.
̶ ¿Vamos?
̶ ¿Sabés encenderlo en segunda?
̶ No.
̶ Entonces vamos a tener que empujar.
̶ ¿Con estos zapatos?
̶ Sí, mi amor, lo siento.
̶ Va pues…
Me bajé y empecé a empujar. David corría con la puerta abierta y cuando sentía que llevaba algo de aviada se metía de un salto al carro e intentaba encenderlo. Después de tres repeticiones, lo logró.
Íbamos en camino de nuevo cuando empezó a llover recio. David me dijo:
̶ Pasame aquel trapo que está en el asiento de atrás.
̶ ¿Para qué?
̶ Para limpiar el parabrisas, es que el limpiabrisas no funciona.
̶ ¡Ala gran! Pero como lo vas a limpiar por fuera si vas manejando.
̶ Cuando haya semáforo en rojo me bajo…
Y así lo hizo. En cada semáforo en rojo se bajaba corriendo para limpiar el vidrio, y subía cada vez más empapado.
Cuando al fin llegamos al restaurante, dejó el carro encendido, se bajó y me dijo:
̶ Bajate vos y pedís para llevar. Es que tengo miedo que se me vuelva a apagar el carro.
Así que me bajé furiosa pedí algo y dí por terminada nuestra cita romántica.
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