Dos países



La semana pasada tuvimos a una invitada japonesa en casa. Sabíamos muy poco de ella. Mis padres la conocieron en un viaje, y desde allí, la comunicación fue a través de correo electrónico. Cuando nos enteramos que tenía pensado venir a Centroamérica, me puse en contacto con ella para ayudarla a conseguir rutas de buses para venir a Guatemala.

Al principio no sabía qué esperar. El día que la fuimos a traer a la parada de bus, pensaba que iba a aparecer una señora con ojos rasgados, pero resultó siendo una joven casi de mi edad.

En un inicio traté de hacer algo de conversación con ella, pero casi no hablaba. No sabía si era porque estaba cansada, porque quería admirar el paisaje (el tráfico del periférico), o porque simplemente no le parecía interesante la conversación. Cuando nos dimos cuenta, ella ya se había dormido en el asiento de atrás. Entendí por qué no quería platicar mucho...

Al llegar a casa, quisimos que se sintiera cómoda. Le platicábamos, le hacíamos bromas y la llevábamos a conocer varios lugares de la capital. Sin embargo, yo llegué a pensar que tal vez ella no se sentía del todo cómoda o que incluso le caíamos algo mal, por algunas actitudes o gestos que hacía. Pero me di cuenta de lo equivocada que estaba cuando pasaban los días y ella seguía en nuestra casa, pues decía que se sentía muy cómoda y le gustaba tanto estar allí, que cuando yo le preguntaba si quería salir conmigo o acompañarme a algún lado, ella se rehusaba (esto yo a veces lo confundía con un rechazo).

Al final, pasó 5 días metida en nuestro hogar. Se levantaba, comía con nosotros (comía de todo y todo le gustaba), se sentaba en la computadora, platicaba un poco, miraba películas, se bañaba y se iba a dormir. A pesar de que yo pensaba que se aburría muchísimo, ella decía que le encantaba pasar los días así.

Una noche antes de que se fuera, tuvimos una conexión muy especial. Ese día no pareció importar que ella fuera de Japón y yo de Guatemala, que habláramos distintos idiomas y que nuestras costumbres fueran totalmente distintas. Esa noche fuimos más como hermanas y llegué a comprender que nos parecíamos más de lo que podía imaginarme. Creo que en cierta manera regresamos a la infancia y jugamos como dos niñas. Bromeamos, reímos y comimos. Justo antes de dormir, nos convertimos en adolescentes y vimos una película de amor. Comimos dulces y suspiramos juntas por esos amores que teníamos lejos las dos. Al decirnos buenas noches, fuimos dos adultas que sabían que el día siguiente sería el último, y comprendíamos bien lo que eso significaba.

Subirse al bus que la llevaría al resto de Centroamérica al día siguiente le fue difícil. Lloró como una chiquilla que se ve forzada a alejarse de su familia. En mi corazón sentí que perdí a la hermana que siempre quise y nunca tuve. Pero en mi mente siempre quedarán esos días, y especialmente el último, en el que dos nacionalidades no significaron absolutamente nada.

Comentarios

Rod Tejada R ha dicho que…
Que bonita experiencia... Ahora te tocará ir al Japón!
Anónima ha dicho que…
Ulugrun, será vos? Y podés creer que a ella no le gusta el animé jajaja.
Anónimo ha dicho que…
muy interesante, y que gran experiencia, como es que siendo de diferentes paises y teniendo distintas culturas llegara un momento especial donde lo unico que importo fue los conocimientos que tubieron una de otra!
Anónima ha dicho que…
Sí, muy especial la verdad :)
Saludos

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