La muerte lenta
Sus huesos crujían con cada movimiento,como un viejo tronco que se movía,lento y perezoso. Los años se le notaban, ya no podía esconder que sus días de juventud habían terminado.
Sin embargo había vivido una juventud llena de aventuras, de sueños y anhelos, de risas y llantos, no se arrepentía de nada, había hecho todo lo que hubiera querido y ahora estaba lista para acabar con esa vida, estaba enferma y ya poco le faltaba para morir. Sus nietos la acompañaban en sus últimos días, haciendo sus gracias y preguntándole cosas acerca de su vida,
sus hijos todavía no lo aceptaban, no estaban listos para dejar ir a la mujer que les había dado la vida, estaban tristes y los asustaba la idea de quedarse huérfanos.
Le decían continuamente que no se fuera, que no podía dejarlos solos, que el mundo era peligroso y que ellos sin ella no podrían sobrevivir. Ella reía al escuchar estas afirmaciones, no podía creer el haberlos hecho tan dependientes a ella, tan indefensos sin ella. Creía que era una exageración, claro que podrían vivir sin ella, claro que podrían, ya todos estaban grandes y podían cuidarse perfectamente.
Ella quería hacer de sus últimos días algo especial, quería dejarles sabiduría, conocimiento, amor. Le gustaba estar rodeada de sus nietos, le encantaba verlos correr llenos de vida, la hacían recordar sus días de niñez, como todo era en ese entonces, como no había tráfico, violencia, estrés.Ahora todo había cambiado, ahora todo había empeorado, le daba tristeza que sus nietos
tuvieran que crecer en ese ambiente, le hubiera gustado que todo siguiera como antes, pero sabía que eso no era posible, todo cambia, todo se transforma, lo que era hoy no sería mañana, lo que era ayer no era hoy.
Cada mañana se despertaba con la ilusión de que sería la última, besaba metódicamente al despertar a cada uno de sus nietos, les decía como los quería, como los extrañaría. Ellos no entendían lo que pasaba, no sabían que talvés ese día sería el último que verían a abuelita, que ese podría ser el último beso y el último ¨te quiero¨.
Debajo de su almohada escondía un libro, el que esperaba que descubrieran cuando ya no estuviera, en él detallaba su vida, quería que sus hijos supieran quien había sido, que nada quedara oculto, ningún secreto, nada sin explicar. Cada día antes de dormir daba gracias a Dios por un día más, agarraba una pluma y escribía acerca de ese día, sus manos débiles ya no lo sostenían como antes, su letra ahora era casi indescifrable. Veía satisfecha como había crecido poco a poco su libro, ahora era bastante grueso. Recordaba cuando su difunto esposo se lo había obsequiado, estaba todavía jóvenes y le había dicho ¨ten esto, creo que podrías hacer algo bello con él¨. Desde ese día se había dedicado a él, segura de que sería lo mejor que les podría dejar a sus hijos ya que no poseía muchos bienes.
Esa mañana se despertó, la despertó un extraño sentimiento, algo que nunca antes había sentido, era como dolor pero no ese dolor que había sentido por culpa de la enfermedad sino un dolor en el corazón, muy profundo. Llamó como pudo a sus hijos y nietos. Les dio a todos un beso, les agradeció por haberla acompañado todo este tiempo, les dijo que los quería y los extrañaría y les pidió que porfavor la dejaran sola y que regresaran en unas horas. Los vio salir uno a uno, y les deseó una vida feliz y plena, como la que ella había llevado. Finalmente cuando la puerta se cerró ella sacó su libro y escribió sus últimas palabras ¨la vida es bella, disfrútenla mientras puedan¨. Cerró el libro y lo puso sobre su pecho, abrazándolo con ambas manos. Y así murió, entre la paz y tranquilidad de su cuarto, viéndo los árboles moverse al son del viento y escuchando a los pájaros recibiendo a la mañana, su última mañana.
Sin embargo había vivido una juventud llena de aventuras, de sueños y anhelos, de risas y llantos, no se arrepentía de nada, había hecho todo lo que hubiera querido y ahora estaba lista para acabar con esa vida, estaba enferma y ya poco le faltaba para morir. Sus nietos la acompañaban en sus últimos días, haciendo sus gracias y preguntándole cosas acerca de su vida,
sus hijos todavía no lo aceptaban, no estaban listos para dejar ir a la mujer que les había dado la vida, estaban tristes y los asustaba la idea de quedarse huérfanos.
Le decían continuamente que no se fuera, que no podía dejarlos solos, que el mundo era peligroso y que ellos sin ella no podrían sobrevivir. Ella reía al escuchar estas afirmaciones, no podía creer el haberlos hecho tan dependientes a ella, tan indefensos sin ella. Creía que era una exageración, claro que podrían vivir sin ella, claro que podrían, ya todos estaban grandes y podían cuidarse perfectamente.
Ella quería hacer de sus últimos días algo especial, quería dejarles sabiduría, conocimiento, amor. Le gustaba estar rodeada de sus nietos, le encantaba verlos correr llenos de vida, la hacían recordar sus días de niñez, como todo era en ese entonces, como no había tráfico, violencia, estrés.Ahora todo había cambiado, ahora todo había empeorado, le daba tristeza que sus nietos
tuvieran que crecer en ese ambiente, le hubiera gustado que todo siguiera como antes, pero sabía que eso no era posible, todo cambia, todo se transforma, lo que era hoy no sería mañana, lo que era ayer no era hoy.
Cada mañana se despertaba con la ilusión de que sería la última, besaba metódicamente al despertar a cada uno de sus nietos, les decía como los quería, como los extrañaría. Ellos no entendían lo que pasaba, no sabían que talvés ese día sería el último que verían a abuelita, que ese podría ser el último beso y el último ¨te quiero¨.
Debajo de su almohada escondía un libro, el que esperaba que descubrieran cuando ya no estuviera, en él detallaba su vida, quería que sus hijos supieran quien había sido, que nada quedara oculto, ningún secreto, nada sin explicar. Cada día antes de dormir daba gracias a Dios por un día más, agarraba una pluma y escribía acerca de ese día, sus manos débiles ya no lo sostenían como antes, su letra ahora era casi indescifrable. Veía satisfecha como había crecido poco a poco su libro, ahora era bastante grueso. Recordaba cuando su difunto esposo se lo había obsequiado, estaba todavía jóvenes y le había dicho ¨ten esto, creo que podrías hacer algo bello con él¨. Desde ese día se había dedicado a él, segura de que sería lo mejor que les podría dejar a sus hijos ya que no poseía muchos bienes.
Esa mañana se despertó, la despertó un extraño sentimiento, algo que nunca antes había sentido, era como dolor pero no ese dolor que había sentido por culpa de la enfermedad sino un dolor en el corazón, muy profundo. Llamó como pudo a sus hijos y nietos. Les dio a todos un beso, les agradeció por haberla acompañado todo este tiempo, les dijo que los quería y los extrañaría y les pidió que porfavor la dejaran sola y que regresaran en unas horas. Los vio salir uno a uno, y les deseó una vida feliz y plena, como la que ella había llevado. Finalmente cuando la puerta se cerró ella sacó su libro y escribió sus últimas palabras ¨la vida es bella, disfrútenla mientras puedan¨. Cerró el libro y lo puso sobre su pecho, abrazándolo con ambas manos. Y así murió, entre la paz y tranquilidad de su cuarto, viéndo los árboles moverse al son del viento y escuchando a los pájaros recibiendo a la mañana, su última mañana.
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