EL MERCADO


Mamá tomaba a su nena de una mano y a su nene de la otra. La volteábamos a ver mientras ella miraba para los dos lados de la calle para asegurarse de que no venían carros. Luego nos jalaba levemente y, a paso ligero, cruzábamos la calle que separaba la rutina de la aventura.

El recorrido comenzaba con la escalada de una larga fila de gradas que recorríamos rápidamente con mi hermano mientras escuchábamos el grito de “¡esperen!” de mi madre. Lo que nos esperaba adelante era una selva de edificios y senderos peligrosos que debíamos recorrer con mucha cautela. En ocasiones de puntillas, otras saltando y a veces corriendo íbamos con agilidad sorteando trampas para no caer en las fauces de algún animal extraño que prometía hacernos daño si caíamos en su territorio. El camino se acababa en el borde de una montaña de tierra, lo que había del otro lado siempre nos cautivaba. Una fila de casetas con ventas era lo que nos anunciaba la llegada a nuestro destino. Mi mamá se preocupaba por no perdernos entre tanta gente y nos decía “ya llegamos al mercado, no se aparten de mí”, a lo que respondíamos pegándonos a su regazo.

Junto a ella recorríamos las ventas y observábamos mientras regateaba los precios de las verduras y frutas que compraba para nosotros. Al terminar el recorrido del mercado, y con las bolsas de compras ya llenas, retomábamos el camino de vuelta. Yo iba recogiendo flores que le regalaba a mi mamá, que las aceptaba con una gran sonrisa. Al llegar a la calle que debíamos cruzar nuevamente, sabíamos que la aventura había acabado, pero sabíamos que pronto otra nueva volvería a comenzar.

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