Una travesía
Era la 1 de la tarde. Yesenia acababa de salir del trabajo y debía pasar a recoger a su hijo, Simón, de la escuela. Tenía que caminar media hora antes de poder llegar. Y, aunque le daba un poco de miedo ir a pie, prefería ahorrarse el quetzal.
Iba a paso ligero, casi trotando. Sostenía su cartera con firmeza contra su pecho y observaba a su alrededor para asegurarse de que no había nadie sospechoso en el perímetro.
De pronto, escuchó unos pasos que se acercaban de prisa hacia ella. Parecía que alguien venía corriendo. Su corazón palpitaba fuertemente. Temía voltear a ver. Continuó su camino. Cerró los ojos mientras el sospechoso pasó a su lado. Topó su hombro y siguió de largo. Era un hombre que corría para alcanzar la camioneta que se había detenido más adelante.
Yesenia intentó relajarse. Cerró sus ojos un momento y respiró profundo para tranquilizarse. Cuando volvió a abrirlos vio que de un callejó salía un vagabundo. Su corazón se volvió a acelerar. El hombre se dirigía directamente hacia ella. Su aspecto era deplorable y su olor peor aún. La señalaba con una mano y con la otra sostenía una bolsa de plástico con pegamento. Yesenia intentó no verlo directamente. Aceleró más el paso. Pero el hombre la interceptó y le dijo:
̶Dame un quetzal.
Yesenia no lo pensó dos veces y respondió:
̶No tengo.
̶Dame un quetzal.
̶Ya te dije que no tengo.
̶Dame un quetzal, o te puyo.
̶No tengo.
̶Que me lo des, te digo.
Yesenia fingió no haberlo escuchado. Siguió de largo, intentando parecer lo más tranquila posible. Sus piernas se aflojaron y temió caer al suelo. Al cabo de unas cuadras, el indigente se dio por vencido.
Cuando finalmente llegó a la escuela de Simón, Yesenia esperaba encontrarlo sentado en las gradas, como siempre. Pero esta vez no se encontraba allí. Decidió tocar la puerta y entrar. Pensaba que talvés podría encontrarlo jugando en el patio trasero. Pero nadie atendió. Siguió golpeando con más fuerza, pero de nuevo no hubo respuesta. En ese momento sintió una gran desesperación y comenzó a patear y a pegar con los puños en la puerta.
Al escuchar el alboroto, una señora que vivía cerca de la institución salió a ver qué pasaba. Ella conocía a Yesenia, pues en algunas ocasiones se habían ido juntas en la camioneta. Por eso le sorprendió verla en ese estado. Se le acercó y le preguntó:
̶¿Qué le pasa? ¿Está todo bien?
̶No, mi hijo debía estarme esperando aquí. Pero no está. No sé dónde está. Nadie me contesta.
̶Tranquila.
̶Pero, él tenía que estar aquí. ¿Dónde está? ¿Dónde está mi hijo?
̶Mire. Talvés se fue con la otra señora.
̶¿Qué otra señora?
̶La que a veces viene a hablar con él, antes de que usted venga. Pensé que usted sabía.
̶¡De qué señora me habla! ¡Yo no sé nada de ninguna señora!
̶Disculpe, yo pensé que su hijo le había dicho.
̶¡Mi hijo no se pudo haber ido con ninguna señora! ¡Él sabe bien que no tiene que hablar con extraños! ¡Dígame, dónde está mi hijo! ¡Por favor!
Yesenia comenzó a llorar. Se sentó en las gradas y hundió su rostro entre sus rodillas. La señora la rodeó con sus brazos y le dijo:
̶Talvés su hijo ya está en su casa. ¿Él tiene una copia de la llave?
Entre sollozos Yesenia levantó su cara y contestó:
̶Sí. Yo se la dí por cualquier emergencia.
Salió corriendo mientras secaba sus lágrimas. En todo el trayecto de la camioneta su mente daba vueltas. Pensaba en todo lo que podría haber ocurrido. Pensaba en lo que debía hacer. Llegó a pensar lo peor.
Cuando porfin llegó, entró corriendo a su hogar. Gritaba el nombre de su hijo mientras recorría cada cuarto de su pequeño apartamento. No había nadie. No sabía qué hacer. No sabía dónde buscar. No sabía a quién llamar. Sentía una gran aflicción y desesperación. Y se sentía sola.
Unos instantes más tarde escuchó que alguien intentaba abrir la puerta. Su corazón saltó mientras esperaba saber quién era.
Simón entró corriendo al verla y la abrazó. Yesenia no salía de su asombro. Sentía una mezcla de emociones y apretó tan duro a su hijo que este dejó salir un gritito. Cuando porfin lo soltó se dio cuenta que había una persona esperando afuera. No podía creerlo cuando reconoció la figura de su madre, a la que no había visto en años, desde que había quedado embarazada. Notó que tenía lágrimas en los ojos cuando le dijo:
̶Hola, Yesenia…
Iba a paso ligero, casi trotando. Sostenía su cartera con firmeza contra su pecho y observaba a su alrededor para asegurarse de que no había nadie sospechoso en el perímetro.
De pronto, escuchó unos pasos que se acercaban de prisa hacia ella. Parecía que alguien venía corriendo. Su corazón palpitaba fuertemente. Temía voltear a ver. Continuó su camino. Cerró los ojos mientras el sospechoso pasó a su lado. Topó su hombro y siguió de largo. Era un hombre que corría para alcanzar la camioneta que se había detenido más adelante.
Yesenia intentó relajarse. Cerró sus ojos un momento y respiró profundo para tranquilizarse. Cuando volvió a abrirlos vio que de un callejó salía un vagabundo. Su corazón se volvió a acelerar. El hombre se dirigía directamente hacia ella. Su aspecto era deplorable y su olor peor aún. La señalaba con una mano y con la otra sostenía una bolsa de plástico con pegamento. Yesenia intentó no verlo directamente. Aceleró más el paso. Pero el hombre la interceptó y le dijo:
̶Dame un quetzal.
Yesenia no lo pensó dos veces y respondió:
̶No tengo.
̶Dame un quetzal.
̶Ya te dije que no tengo.
̶Dame un quetzal, o te puyo.
̶No tengo.
̶Que me lo des, te digo.
Yesenia fingió no haberlo escuchado. Siguió de largo, intentando parecer lo más tranquila posible. Sus piernas se aflojaron y temió caer al suelo. Al cabo de unas cuadras, el indigente se dio por vencido.
Cuando finalmente llegó a la escuela de Simón, Yesenia esperaba encontrarlo sentado en las gradas, como siempre. Pero esta vez no se encontraba allí. Decidió tocar la puerta y entrar. Pensaba que talvés podría encontrarlo jugando en el patio trasero. Pero nadie atendió. Siguió golpeando con más fuerza, pero de nuevo no hubo respuesta. En ese momento sintió una gran desesperación y comenzó a patear y a pegar con los puños en la puerta.
Al escuchar el alboroto, una señora que vivía cerca de la institución salió a ver qué pasaba. Ella conocía a Yesenia, pues en algunas ocasiones se habían ido juntas en la camioneta. Por eso le sorprendió verla en ese estado. Se le acercó y le preguntó:
̶¿Qué le pasa? ¿Está todo bien?
̶No, mi hijo debía estarme esperando aquí. Pero no está. No sé dónde está. Nadie me contesta.
̶Tranquila.
̶Pero, él tenía que estar aquí. ¿Dónde está? ¿Dónde está mi hijo?
̶Mire. Talvés se fue con la otra señora.
̶¿Qué otra señora?
̶La que a veces viene a hablar con él, antes de que usted venga. Pensé que usted sabía.
̶¡De qué señora me habla! ¡Yo no sé nada de ninguna señora!
̶Disculpe, yo pensé que su hijo le había dicho.
̶¡Mi hijo no se pudo haber ido con ninguna señora! ¡Él sabe bien que no tiene que hablar con extraños! ¡Dígame, dónde está mi hijo! ¡Por favor!
Yesenia comenzó a llorar. Se sentó en las gradas y hundió su rostro entre sus rodillas. La señora la rodeó con sus brazos y le dijo:
̶Talvés su hijo ya está en su casa. ¿Él tiene una copia de la llave?
Entre sollozos Yesenia levantó su cara y contestó:
̶Sí. Yo se la dí por cualquier emergencia.
Salió corriendo mientras secaba sus lágrimas. En todo el trayecto de la camioneta su mente daba vueltas. Pensaba en todo lo que podría haber ocurrido. Pensaba en lo que debía hacer. Llegó a pensar lo peor.
Cuando porfin llegó, entró corriendo a su hogar. Gritaba el nombre de su hijo mientras recorría cada cuarto de su pequeño apartamento. No había nadie. No sabía qué hacer. No sabía dónde buscar. No sabía a quién llamar. Sentía una gran aflicción y desesperación. Y se sentía sola.
Unos instantes más tarde escuchó que alguien intentaba abrir la puerta. Su corazón saltó mientras esperaba saber quién era.
Simón entró corriendo al verla y la abrazó. Yesenia no salía de su asombro. Sentía una mezcla de emociones y apretó tan duro a su hijo que este dejó salir un gritito. Cuando porfin lo soltó se dio cuenta que había una persona esperando afuera. No podía creerlo cuando reconoció la figura de su madre, a la que no había visto en años, desde que había quedado embarazada. Notó que tenía lágrimas en los ojos cuando le dijo:
̶Hola, Yesenia…
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