Travesía urbana
Hace tiempo no me subía a una camioneta. Recuerdo que hace unos 4 años yo me resistía a la idea de sacar mi licencia y manejar. La verdad me gustaba subirme a la camioneta. Yo soy una persona muy curiosa (pero no chismosa, como siempre digo jeje) y me encantaba observar a la gente que subía y en ocasiones escuchar sus conversaciones. Disfrutaba inventando historias de los pasajeros sobre dónde venían, adónde iban, lo que iban pensando, etc. A veces, aunque muy raro, tenía conversaciones muy interesantes con los pasajeros, y una que otra ¨cantineada¨ que siempre lograba evitar. Además de que me sentaba y admiraba el paisaje. Y aparte era muy barato.
Pero al final tuve que rendirme a la idea de manejar y tristemente ahora ya no puedo pensar en irme en camioneta sin sentir mucho miedo por todo lo que se escucha (no es que antes no se escucharan cosas, pero cuando uno no tiene otra opción, se termina acostumbrando). Andar en carro es una experiencia totalmente distinta. Estar adentro de un automovil y tener control sobre él es una experiencia única. Da cierto sentido de poder y propiedad que no se siente en una camioneta.
He visto cómo los automovilistas pierden el respeto por los peatones. A veces he visto que aceleran en lugar de frenar cuando ven a un peatón cruzando la calle, o en ocasiones los pasan mojando al pasar muy rápido por los charcos que se forman después de una fuerte lluvia. Creo que después de manejar por mucho tiempo, se nos olvida lo que significaba andar a pie por las calles, a merced del mal tiempo y la inseguridad. El andar a pie nos hace más vulnerables, pero un carro no es más que un gran caparazón que nos hace sentirnos más grandes, aunque en realidad no lo seamos.
El punto es que hace poco decidí irme en camioneta, más que todo por el problema de no encontrar parqueo o que a veces sale caro dejarlo en un parqueo privado. A pesar de la resistencia que se generó en mi casa ante la idea de irme sola en camioneta, me fui. Por supuesto que todo el viaje tuve miedo de que se subiera un asaltante, o de que uno se sentara a la par mía, pero en general, lo disfrute.
Antes de subirme saqué un billete de Q.5, pues no sabía si ya habían dejado de cobrar el quetzal de antes. Saludé al conductor, que ni siquiera me contestó y le dí el billete, me asombré al ver que el precio seguía siendo el mismo. Después busqué un lugar vacío y me senté. Me sentí libre e inspirada, pues no debía preocuparme por las cosas que usualmente me preocupan cuando ando manejando, aunque lo que más me inquietaba era que se subiera alguien sospechoso.
Lo más interesante que vi en el camino fue un señor que estaba sentado en un asiento atrás del mío. Me di cuenta que venía hablando solo y traté de pegar mi oreja lo más que pude sin que se notara, pero por más que lo intente, no pude escuchar nada de lo que decía. Creo que posiblemente sabía lo que hacía, porque cada vez que la camioneta se detenía, él se callaba.
Lo que más me inspiro fueron las personas que suben a pedir dinero o a vender cosas. Primero se subió un viejito que dijo algo que se me quedó grabado ¨cuando fui joven, trabajé bastante, pero ahora que estoy viejo ya no puedo¨. Me conmovió bastante y le dí una moneda. Después se subió un señor más joven, que vendía chicles y dulces, ya se me había olvidado ese vocabulario tan característico de los vendedores ambulantes con su ¨lo que viene siendo¨, me reí por dentro. Por último subió un -no vidente-, me asombra su forma característica de ver y apreciar el mundo a través del tacto, es admirable.
No sé cuándo vaya a volver a utilizar una camioneta, pero estaré lista con papel y lápiz para plasmar sobre el papel lo que mi curiosidad me deja ver.
Pero al final tuve que rendirme a la idea de manejar y tristemente ahora ya no puedo pensar en irme en camioneta sin sentir mucho miedo por todo lo que se escucha (no es que antes no se escucharan cosas, pero cuando uno no tiene otra opción, se termina acostumbrando). Andar en carro es una experiencia totalmente distinta. Estar adentro de un automovil y tener control sobre él es una experiencia única. Da cierto sentido de poder y propiedad que no se siente en una camioneta.
He visto cómo los automovilistas pierden el respeto por los peatones. A veces he visto que aceleran en lugar de frenar cuando ven a un peatón cruzando la calle, o en ocasiones los pasan mojando al pasar muy rápido por los charcos que se forman después de una fuerte lluvia. Creo que después de manejar por mucho tiempo, se nos olvida lo que significaba andar a pie por las calles, a merced del mal tiempo y la inseguridad. El andar a pie nos hace más vulnerables, pero un carro no es más que un gran caparazón que nos hace sentirnos más grandes, aunque en realidad no lo seamos.
El punto es que hace poco decidí irme en camioneta, más que todo por el problema de no encontrar parqueo o que a veces sale caro dejarlo en un parqueo privado. A pesar de la resistencia que se generó en mi casa ante la idea de irme sola en camioneta, me fui. Por supuesto que todo el viaje tuve miedo de que se subiera un asaltante, o de que uno se sentara a la par mía, pero en general, lo disfrute.
Antes de subirme saqué un billete de Q.5, pues no sabía si ya habían dejado de cobrar el quetzal de antes. Saludé al conductor, que ni siquiera me contestó y le dí el billete, me asombré al ver que el precio seguía siendo el mismo. Después busqué un lugar vacío y me senté. Me sentí libre e inspirada, pues no debía preocuparme por las cosas que usualmente me preocupan cuando ando manejando, aunque lo que más me inquietaba era que se subiera alguien sospechoso.
Lo más interesante que vi en el camino fue un señor que estaba sentado en un asiento atrás del mío. Me di cuenta que venía hablando solo y traté de pegar mi oreja lo más que pude sin que se notara, pero por más que lo intente, no pude escuchar nada de lo que decía. Creo que posiblemente sabía lo que hacía, porque cada vez que la camioneta se detenía, él se callaba.
Lo que más me inspiro fueron las personas que suben a pedir dinero o a vender cosas. Primero se subió un viejito que dijo algo que se me quedó grabado ¨cuando fui joven, trabajé bastante, pero ahora que estoy viejo ya no puedo¨. Me conmovió bastante y le dí una moneda. Después se subió un señor más joven, que vendía chicles y dulces, ya se me había olvidado ese vocabulario tan característico de los vendedores ambulantes con su ¨lo que viene siendo¨, me reí por dentro. Por último subió un -no vidente-, me asombra su forma característica de ver y apreciar el mundo a través del tacto, es admirable.
No sé cuándo vaya a volver a utilizar una camioneta, pero estaré lista con papel y lápiz para plasmar sobre el papel lo que mi curiosidad me deja ver.
Comentarios