La esquina

Si esa esquina pudiera hablar, contaría sobre las veces que allí nos llevaba mi abuelo. De aquellas tardes en las que, tomados de la mano, nos conducía a aquel lugar. Sabíamos que él siempre se sentaba sobre la banqueta. Allí se quedaba observándonos, mientras mi hermano jugaba con un carrito, y yo cortaba las flores cercanas y se las entregaba, para que hiciera con ellas un hermoso arreglo que decoraría la mesa de la abuela.

Aquella esquina, tan minúscula e insignificante, era un lugar enorme que se transformaba a diario. Un día era una cocina, la reposadera era la mesa y allí cocinábamos deliciosos pasteles de tierra. Otras, se convertía en una pista de carreras, y el que ganaba se llevaba el abrazo del abuelo, quien con paciencia, se hacía partícipe de nuestros juegos. A veces, era una tienda, ahora la reposadera era el mostrador, y nuestro cliente preferido nos pagaba con chocas que guardábamos para ir a comprar dulces de miel de verdad.

Poco a poco dejamos de ir. Fuimos creciendo, y los juegos disminuyeron. Ahora, solo queda como un bello recuerdo guardado en una esquina del corazón.

Comentarios

Unknown ha dicho que…
Que linda nota! Creo que nos identificamos todos con ese momento de la niñez, en especial los pasteles de tierra y la inagotable alegria de los abuelos que nos consitieron mucho. Toco una memoria muy linda!
daelmo ha dicho que…
Muy bonito! Felicidades por regresar a escribir por acá.

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