La esquina
Si esa esquina pudiera hablar, contaría sobre las veces que allí nos llevaba mi abuelo. De aquellas tardes en las que, tomados de la mano, nos conducía a aquel lugar. Sabíamos que él siempre se sentaba sobre la banqueta. Allí se quedaba observándonos, mientras mi hermano jugaba con un carrito, y yo cortaba las flores cercanas y se las entregaba, para que hiciera con ellas un hermoso arreglo que decoraría la mesa de la abuela.
Aquella esquina, tan minúscula e insignificante, era un lugar enorme que se transformaba a diario. Un día era una cocina, la reposadera era la mesa y allí cocinábamos deliciosos pasteles de tierra. Otras, se convertía en una pista de carreras, y el que ganaba se llevaba el abrazo del abuelo, quien con paciencia, se hacía partícipe de nuestros juegos. A veces, era una tienda, ahora la reposadera era el mostrador, y nuestro cliente preferido nos pagaba con chocas que guardábamos para ir a comprar dulces de miel de verdad.
Poco a poco dejamos de ir. Fuimos creciendo, y los juegos disminuyeron. Ahora, solo queda como un bello recuerdo guardado en una esquina del corazón.
Aquella esquina, tan minúscula e insignificante, era un lugar enorme que se transformaba a diario. Un día era una cocina, la reposadera era la mesa y allí cocinábamos deliciosos pasteles de tierra. Otras, se convertía en una pista de carreras, y el que ganaba se llevaba el abrazo del abuelo, quien con paciencia, se hacía partícipe de nuestros juegos. A veces, era una tienda, ahora la reposadera era el mostrador, y nuestro cliente preferido nos pagaba con chocas que guardábamos para ir a comprar dulces de miel de verdad.
Poco a poco dejamos de ir. Fuimos creciendo, y los juegos disminuyeron. Ahora, solo queda como un bello recuerdo guardado en una esquina del corazón.

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