Mea Culpa

 Yo ya no puedo más. Esto me está matando.
 Vamos, mamá. Tenemos que apoyarlo.
 ¿Para qué?, si siempre vuelve a lo mismo. Yo ya me cansé.
 ¿Y, qué piensas hacer entonces?
 ¡Echarlo a la calle! Yo ya no lo quiero aquí. Siempre que él está todo es un caos. Estamos más tranquilas sin él.
 ¿Eso crees? ¿Y, adónde se va a ir? Sabes que no tiene ningún lugar. ¿Quieres que ande en la calle como vagabundo? ¡Yo no soportaría ver a mi papá así!
¿Recuerdas, mamá, cuando íbamos al parque los cuatro a jugar pelota?
 Sí, hija. Pero no sigas…
 O cuando regresaba del trabajo y mi hermano y yo corríamos a abrazarlo. Luego jugaba con nosotros hasta que nos daba sueño y nos llevaba cargados a la cama. Allí nos arropaba y nos daba el beso de las buenas noches. ¡Cómo extraño eso mamá!
 Hija, ¡ya no sigas por favor!

La madre se levantó de la mesa y se dirigió hacia el segundo piso. La hija sabía a dónde se dirigía y la siguió de cerca. En las paredes, al lado de las gradas, había fotos de los cuatro integrantes de la familia. La madre siempre las veía al subir. El hacer esto siempre hacía que se sumiera más en su tristeza. La hija evitaba hacerlo, pues sabía que no podía permitirse estar triste. Debía ser fuerte por su familia, o lo que quedaba de ella.

Al llegar arriba la madre viró a la derecha y entró en la primera puerta del pasillo. La hija se preparó para lo que venía. El cuarto se encontraba impecable, como siempre. La cama estaba hecha, el edredón tenía figuras de pelotas de distintas formas y tamaños. Enfrente de la cama había un armario con las puertas abiertas y toda la ropa colocada en orden, por colores, tamaños y estilos. A la par, una mesa con varios trofeos de futbol, basketbol y una foto de un niño de 10 años. En la pared se veía un poster enorme de Michael Jordan con todo y su autógrafo.

Mamá e hija se sentaron sobre la cama. La hija posó su mano sobre la de su madre y esta vez le sorprendió lo huesuda que se encontraba. La madre, en cambio comenzó a llorar y posó su cabeza en las piernas de su hija, quien ahora le acariciaba el cabello.

 Tranquila, mamá, todo va a estar bien. Pedro está con nosotras, siempre lo estará.
 Traeme las pastillas, hija. Están sobre mi cómoda.
 No, mamá. No las tomes más. El doctor te ha dicho que ya no es necesario.
 ¡No me digas qué hacer! ¡Solo haz lo que te digo! Tú no sabes cómo me siento.
 Sí, sí lo sé mamá. Yo también lo perdí, ¿recuerdas?

La madre se levantó y respondió:

 No, no lo sabes. No sabes qué es perder a un hijo. No sabes lo que sentí cuando lo encontré en la piscina. ¡Y todo por culpa de tu padre! Yo le dije que una piscina no era necesaria, que era peligroso para ustedes, ¡pero no me escuchó! ¡Todo esto es su culpa! ¡Es su culpa! ¡Yo nunca lo podré perdonar!
 ¡Mamá, tranquilízate! No fue su culpa. Él sólo quería que Pedro y yo fuéramos felices. Lo que ocurrió fue un accidente, ¡entiéndelo!
 ¡No, no lo fue! Tu padre lo dejó solo, ¡eso fue lo que pasó!
 Fue solo un momento, mamá. Nunca se imaginó que eso iba a pasar.
 ¡Nunca debí haber salido! Yo sabía que no debía hacerlo, pero tu padre insistió en que debía llevarte a casa de tu amiga pues él esperaba una llamada importante. ¡Y mira lo que ocurrió! ¡Nunca debí haber confiado en él!
 ¡Ya lo sé, mamá! No me lo recuerdes de nuevo, por favor.
 Y ahora la culpa lo ha vuelto alcohólico.

En ese momento salió del cuarto y se dirigió al suyo, en busca de las pastillas que le habían negado. No llegó a escuchar lo que su hija le respondió:

 Y a tí una drogadicta…

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