Tremenda mordida, mi vida
La cocina estaba impecable. Cada cosa en su lugar. Solo había una olla sobre la estufa y una tabla de picar, en la que la mujer cortaba las verduras que iba a cocinar para el almuerzo. Eran las once de la mañana y solo faltaba preparar la carne cuando su esposo entró a la habitación.
̶ ¿Qué es eso negro en tu cuello?
̶ Es… La mordida que me diste ayer…
̶ Bueno, ya sabés que eso fue tu culpa.
̶ Sí, yo sé mi vida. La próxima vez no voy a hablar con el cartero.
̶ Claro, porque solo las putas hablan con otros hombres que no sean sus maridos. Pero, tú no eres una ¿verdad?
̶ No, no mi amor. Yo soy solo tuya y de nadie más. Perdoname.
̶ Ya no hablemos de eso. Me pongo triste cuando me obligás a castigarte así. Espero no tener que volver a hacerlo.
̶No, mi vida. Ya no te voy a causar más disgustos, lo prometo.
̶ Bueno. ¿Y, dónde está mi comida?
̶ No la he terminado…
̶ ¿Qué, qué? Yo tengo hambre. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? ¡La comida tiene que estar preparada y caliente para cuando yo tenga hambre! ¿Acaso eres estúpida?
̶ Lo siento, es que…
̶ ¡Es que nada! ¡Por qué no entendés! ¿Por qué me obligás a castigarte? ¿Creés que me gusta? Ahora te tengo que dar otra vez una lección. ¿No te bastó con lo de ayer?
El hombre se quitó el cincho. La mujer lo veía con ojos de tristeza y extendía sus brazos, intentando aplacar la furia de su marido. Él la empezó a golpear con todas sus fuerzas con la hebilla del cinturón mientras repetía una y otra vez:
̶ Mirá lo que me obligás a hacer… Mirá lo que me obligás a hacer… Mirá lo que me obligás a hacer…
Al oír los cinchazos, el más pequeño de la casa despertó de su siesta y apareció por la puerta. El padre al verlo se detuvo y se dirigió hacia él. Lo cargó en sus brazos y se paró justo enfrente de la madre, que ahora se encontraba tirada en el pizo, temblando y llorando y le dijo:
̶ Es bueno que aprendás mijo. Las mujeres son unas brutas y hay que tratarlas así. ¿Verdad que sí mujer? ¿Así les gusta verdad?
La madre no levantó la cara, pero afirmó con la cabeza. El padre continuó:
̶ Algún día cuando tengás la mala suerte de casarte tenés que saber cómo tratar a tu mujer porque sino ellas hacen lo que quieren y andan de putas con cualquiera. Por eso desde el principio tenés que enseñarles quién lleva los pantalones en la casa.
̶ ¿Qué es eso negro en tu cuello?
̶ Es… La mordida que me diste ayer…
̶ Bueno, ya sabés que eso fue tu culpa.
̶ Sí, yo sé mi vida. La próxima vez no voy a hablar con el cartero.
̶ Claro, porque solo las putas hablan con otros hombres que no sean sus maridos. Pero, tú no eres una ¿verdad?
̶ No, no mi amor. Yo soy solo tuya y de nadie más. Perdoname.
̶ Ya no hablemos de eso. Me pongo triste cuando me obligás a castigarte así. Espero no tener que volver a hacerlo.
̶No, mi vida. Ya no te voy a causar más disgustos, lo prometo.
̶ Bueno. ¿Y, dónde está mi comida?
̶ No la he terminado…
̶ ¿Qué, qué? Yo tengo hambre. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir? ¡La comida tiene que estar preparada y caliente para cuando yo tenga hambre! ¿Acaso eres estúpida?
̶ Lo siento, es que…
̶ ¡Es que nada! ¡Por qué no entendés! ¿Por qué me obligás a castigarte? ¿Creés que me gusta? Ahora te tengo que dar otra vez una lección. ¿No te bastó con lo de ayer?
El hombre se quitó el cincho. La mujer lo veía con ojos de tristeza y extendía sus brazos, intentando aplacar la furia de su marido. Él la empezó a golpear con todas sus fuerzas con la hebilla del cinturón mientras repetía una y otra vez:
̶ Mirá lo que me obligás a hacer… Mirá lo que me obligás a hacer… Mirá lo que me obligás a hacer…
Al oír los cinchazos, el más pequeño de la casa despertó de su siesta y apareció por la puerta. El padre al verlo se detuvo y se dirigió hacia él. Lo cargó en sus brazos y se paró justo enfrente de la madre, que ahora se encontraba tirada en el pizo, temblando y llorando y le dijo:
̶ Es bueno que aprendás mijo. Las mujeres son unas brutas y hay que tratarlas así. ¿Verdad que sí mujer? ¿Así les gusta verdad?
La madre no levantó la cara, pero afirmó con la cabeza. El padre continuó:
̶ Algún día cuando tengás la mala suerte de casarte tenés que saber cómo tratar a tu mujer porque sino ellas hacen lo que quieren y andan de putas con cualquiera. Por eso desde el principio tenés que enseñarles quién lleva los pantalones en la casa.
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