Un momento

En este momento ya no hay vuelta atrás. No existen segundas oportunidades. Es lo que es y sin más, debo aceptarlo como es, así como el momento nos acepta tal y como somos.

No sé por donde empezar con esta historia. No es que sea muy larga de contar, pero se va complicando poco a poco, lentamente. Creo que lo más sabio es empezar por el inicio, pero en este caso el inicio está perdido en algún punto de la historia que no logro recordar.

Mejor digamos que todo empieza la tarde en que te conocí. Tú estabas tan hermosa, sentada debajo de un árbol de limones. Recuerdo que vestías una blusa blanca, casi transparente, que dejaba ver tu hermosa silueta y una falda hasta las rodillas, esas rodillas que desde que las vi me enloquecí y quise saber qué las hacía estremecer y soñé que algún día correrían por verme y yo me alejaría por un momento, para hacerlas creer que no lo deseaba, cuando en realidad sí lo hacía.

Desde entonces no pensé en otra cosa que no fueras tú. Regresaba todos los días al mismo lugar pero no te encontraba. Preguntaba por tí a quien estuviera cerca, pero nadie sabía nada de la niña de blusa blanca casi transparente que debaja ver su hermosa silueta y una falda hasta las rodillas. Poco iba a saber yo, que esa búsqueda se iba a prolongar por años y que en realidad nunca te encontraría.

Mientras tanto mi vida continuaba sin tí. Yo debía seguir con solo ese recuerdo tuyo vivo en mi mente.

Luché por mucho tiempo contra mis deseos carnales. Sentía que si sucumbía ante ellos te estaría siendo infiel. Sentía verguenza siquiera de pensarlo. Años después, sucumbí y me case. Dejé de ir a buscarte. Amé a mi esposa pero no como te amo a tí. Por ella sentía cariño, por tí pasión, deseo y amor. Cuando tuve hijos los quise con locura, y por unos años me olvidé de tí, ahora me apena admitirlo.

Cuando mis hijos crecieron, no pude seguir con el engaño. Un día empaqué mis cosas y me fui. Ahora no he vuelto a saber de mi esposa y la verdad no me interesa, ya lo que pasó pasó y no hay marcha atrás. Creo que ella me entiende. Ella tampoco me amaba. Se casó conmigo porque el hombre que quería era casado y nunca cumplió su promesa de divorciarse para casarse con ella.

Mis hijos me reclaman el haberme marchado, pero yo les intento explicar que la vida no se puede vivir con engaños y que cuando ellos quieran algo no permitan que nada ni nadie los separe de su camino.

Cuando decidí volver al lugar donde te vi por primera vez, te encontré debajo del árbol de limones, pero no estabas sola. Tus hijos y tu esposo te acompañaban.
Ahora me encuentro aquí, solo, acompañado de tu recuerdo, listo para terminar con esta historia de un tiro. Aceptaré este momento como lo que es: mi último.

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